Espagnols à Dachau

Puisque Madame Angela Merkel s’est rendue dimanche à Dachau pour commémorer la libération de ce camp de concentration par les troupes américaines le 3 mai 1945, qu’on me permette, à cette occasion, d’évoquer la figure de tous ces espagnols qui y furent déportés, et celle d’un grand homme, Edmond Michelet, dont la détermination et la générosité ont permis aux survivants de trouver asile en France. Et également de rendre hommage à mon père, qui était l’un de ces libérés.

Photo de Ramon Buj Ferrer

Je vous livre son récit tel qu’il a été publié il y a quelques années:

Testimonio de Ramón Buj Ferrer

«Nací en Barcelona en 1921, y en el otoño de 1938, aun siendo menor de edad, conseguí alistarme en el Ejército Republicano, siendo destinado al Estado Mayor del Quinto Cuerpo del Ejército del Ebro.

Pasé la frontera en febrero de 1939 y fui internado en el campo de Argeles. Más tarde me trasladaron al campo n.° 3 de Agde, el llamado «campo de los catalanes».

De allí saldría con la 91 Compañía de Trabajo Militarizada, siendo destinados a la región noroeste de Francia, a construir un campo de aviación, donde nos pillaría la desbandada del ejército francés, en mayo de 1940 (1).  Conseguí salvarme de la embestida alemana y llegué al sur de Francia unas semanas más tarde, camuflándome durante algún tiempo en el departamento del Hérault. Al no disponer de documentación, un día me detuvieron los gendarmes y me volvieron a encerrar en el campo de Argeles y poco después me reincorporé a la 91 Compañía. Esta unidad se encontraba entonces en el centro de Francia.


»Durante el invierno 1940-41 trabajamos en el arsenal de Roanne (Loire) y más tarde en el Depósito de Obuses de Gases, sito en La-Ferté-Hauterive (Allier). En ambos lugares los franceses trataban de recuperar el material bélico para, según estipulaban las cláusulas del armisticio de junio de 1940, entregárselo a los invasores. En un momento dado corrió el rumor de que a la Compañía la iban a trasladar a la zona ocupada por el ejército alemán y concretamente a encuadrarla en el ejército alemán y concretamente a encuadrarla en el dispositivo de la Organización Todt que, como sabes, era la encargada de construir el famoso Muro del Atlántico.


Entonces empezamos a pensar en organizar las deserciones, entre los más decididos, para no contribuir en lo más mínimo al esfuerzo de guerra de los alemanes. Pedí permiso para ir a visitar a un familiar que tenía en el sur (en el departamento del Aude) y, al no verme regresar, lanzaron una orden de búsqueda y captura. Fui detenido por los gendarmes y devuelto a la Compañía. Pero de allí, como castigo, me pasaportaron al 667 Grupo de Trabajadores Extranjeros (unidad disciplinaria), donde conseguí enchufarme como secretario-intérprete. A los pocos días, la 91 Compañía era enviada a las costas del Atlántico. El G.T.E. 667 tenía su plana mayor en Billón (Puy-de-Dóme) y sus servicios se centraban sobre todo en el mantenimiento de un Parque Automóvil.


En aquel G.T.E., como en casi todos, los españoles organizamos en seguida la Resistencia y los sabotajes. La propaganda que se hizo en sus filas fue tan intensa que la inmensa mayoría de sus componentes acabaron desertando e incorporándose a las Fuerzas Francesas del Interior. O sea: a la guerrilla.


A principios de 1942, se lanzó la «Campaña de los 90 días», en la que se llamaba a los españoles a incorporarse a la lucha contra los nazis. Y se emprendió también otra campaña: la de exigir la liberación de Luigi Longo, antifascista italiano y miembro destacado de las Brigadas Internacionales. En las primeras semanas de 1943, como recordaréis, se fundó Unión Nacional Española,que, si bien fue una iniciativa comunista, logró despertar interés por la lucha antifascista en muchos republicanos, socialistas, libertarios e incluso personas sin una ideología determinada, pero que reconocieron que nuestro deber era batimos contra los nazi-fascistas europeos allí donde los encontrásemos.


Mis frecuentes desplazamientos – yo hacía de enlace con otras unidades disciplinarias – despertaron sospechas en la policía francesa y un día de marzo de 1942 me detuvieron. En Clermont-Ferrand fui condenado por un tribunal militar a 10 años de trabajos forzados y a otros 10 años de extrañamiento. Al cabo de un tiempo sería enviado al penal de Nontrón. Allí tuve la alegría de encontrar a un grupo de españoles que ya estaban organizados (2).  Estuve con ellos once meses y luego me trasladaron a la prisión de Mende (Lozére), donde me encerraron en una celda de castigo. Allí tenían encarceladas también a varias mujeres antifascistas españolas. Correspondíamos entre nosotros gracias a la complicidad del cura de la prisión. Luego nos lo cambiaron y quedamos incomunicados de nuevo.


»Con el paso por las cárceles pequeñas, la policía francesa iba operando una selección de los más peligrosos y así muchos fuimos a parar al presidio más temido del sur de Francia: a la Central de Eysses, una antigua abadía. Durante mi traslado pasé por la cárcel de Montpellier, que es donde se formó la expedición destinada a Eysses.


En la Central ya existía una organización clandestina, en la que los españoles – como siempre – participaban activamente. Se llamaba el «Batallón de Eysses» y lo mandaba un antiguo oficial de las Brigadas Internacionales, el francés Fernand Bernard.


La insurrección en el presidio aquel estalló el 19 de febrero de 1944, organizado por nuestro Batallón. Los combates duraron algo más de 24 horas, se cogió al director y a varios de sus colaboradores como rehenes, pero, al no haberse podido coordinar bien la rebelión con la intervención de grupos guerrilleros del exterior, ésta fracasó y entre los doce condenados a muerte, como represalias, cayeron dos españoles: los catalanes Jaime Serot y Doménec Servetto Bertrán. Serrot era el séptimo muerto de una familia cuyos otros hijos habían caído bajo las balas franquistas en la guerra civil.


A partir de aquellos días, el régimen penitenciario alcanzó cotas de dureza realmente inimaginables. Los interrogatorios y las palizas ya no corrían tan sólo a cargo de la policía francesa, como en los primeros tiempos, sino también de los agentes de la Gestapo. Durante varias semanas a los 36 detenidos como sospechosos de haber secundado la rebelión, entre los que me encontraba yo, se nos consideró como rehenes.

Al fin se decidieron a sacarnos de allí. Nos metieron a todos en un vagón metálico especial y nos condujeron a la cárcel de Blois, que era una de las antesalas de los campos de exterminio alemanes. Fuimos seguramente los únicos españoles que transitamos por ella. Luego nos enviaron al campo de selección de Compiégne, escoltados por una nutrida patrulla SS de la tristemente célebre división acorazada «Das Reich», la que más tarde dejaría tan trágica estela de sangre por el centro de Francia (3).

»Nuestra salida de Compiégne coincidió con el desembarco aliado en Normandía (6 de junio de 1944). Tres días después ingresábamos en el campo de Dachau. Tras la cuarentena me enviaron a un komando exterior. Éramos unos veinte españoles y trabajábamos en un terreno de aviación. A mí me destinaron a trabajar en una cantera vecina, donde tuve la mala suerte de accidentarme. Ya sabéis lo que aquello significaba: si se enteraban los SS de que ya no eras productivo te liquidaban en el acto. Pero, afortunadamente, los españoles estábamos muy bien organizados. Así que, mis compañeros, de escondidas, me llevaron hasta la propia enfermería del campo de aviación y me hicieron la primera cura en el pie, que había quedado apresado entre dos vagonetas cargadas de piedras.


He de precisaros que los responsables de aquel komando eran los SS y los guardianes soldados de aviación, pero los amos del cotarro fueron siempre hombres de las Brigadas Internacionales – que hablaban alemán y que la sabían muy larga, os lo puedo asegurar – y gracias a ellos pude permanecer acostado durante varias semanas, hasta que se me cicatrizó la herida. Pero no creáis que ese período de convalecencia transcurrió tranquilamente, ya que el no poderme valer por mí mismo pudo haberlo echado todo a rodar más de una vez y, de carambola, haber puesto en evidencia a la organización clandestina española, que, como ya os señalé, contaba en su dirección con valiosos elementos de las B.I. Pensar que, por aquellas fechas, las cosas ya no les iban nada bien a los nazis y que estaban más nerviosos que nunca.


»Durante los bombardeos aliados, mientras permanecí en el komando de Landsberg, los  camaradas brigadistas me escondían, siempre echado en una camilla, en el bosque. Para que los SS no se diesen cuenta de que yo no acudía al refugio, al no poder valerme por mí mismo. Suerte tuve de aquellos corajudos patriotas yugoslavos, que sino…


»Cuando sané, en «la cama clandestina» ingresaron a un prisionero austríaco, Plehata, también brigadista. Bueno, me curé de la herida, pero enseguida se me declaró el tifus y me pusieron en cuarentena, al lado de medio centenar de atacados por la epidemia. Allí sí que me vi perdido de verdad, pues cada día pasaban los médicos SS y hacían una selección para el matadero. Te marcaban un número en el pecho y ya no te escapabas. Un día me marcaron a mí. Pero en seguida se puso en marcha la solidaridad de los españoles y gracias a un médico nuestro, el doctor Paz, me salvé otra vez de una muerte segura. Consiguió meterme en la enfermería, donde estuve protegido por unos enfermeros yugoslavos. Ellos fueron quienes me colocaron luego en un grupo de recuperación de material eléctrico, hierros viejos y chatarra. Y milité, claro está, en la organización clandestina española con todas mis fuerzas, cuyo dirigente máximo era precisamente el doctor Paz, un hombre admirable en todos los aspectos.


»A nosotros nos liberaron los americanos y entonces tuvimos que enfrentarnos con problemas increíbles. Hubo que entablar una lucha tremenda para que las autoridades francesas nos considerasen como deportados suyos, puesto que todos los españoles que habíamos caído en poder de los alemanes fue defendiendo a Francia. Para conseguir tal reconocimiento nos prestó una ayuda inapreciable el político francés Edmond Michelet – ex deportado en Dachau -, el que más tarde sería ministro del general De Gaulle. Así logramos ser evacuados hacia Francia.


Pero no creáis que se habían terminado las sorpresas. Por lo visto, al acceder a nuestra petición, las autoridades francesas creyeron que íbamos a cruzar Francia de paso hacia nuestro país de origen, que fue lo que hicieron la mayoría de los deportados no franceses. Al comprobar que nosotros pretendíamos quedarnos en el lugar donde habíamos sido detenidos por los alemanes, intentaron meternos en un campo para personas desplazadas de Chálons-sur-Marne. ¡Esa era la recompensa que Francia reservaba a unos hombres que habían combatido por su libertad! Menos mal que los españoles hicimos todos frente común, nombramos nuestros delegados y les dimos a entender que nosotros no estábamos dispuestos a dejarnos llevar a ningún otro campo, del género que fuese más que muertos.» (4)


1. La desbandada no la protagoniza tan sólo el ejército francés sino también el testo de los ejércitos aliados: el inglés, el belga y el holandés.


2. En el verano de 1944, este penal fue asaltado por fuerzas guerrilleras y rescataron todos los presos políticos. Entre los destacamentos asaltantes estaba el del catalán Ramón Vila Capdevila «Raymond». El mismo que, con el nombre de «Caraquemada», actuaría por tierras de Cataluña, con su partida de guerrilleros, en el período 1945-1963.


3. En la cruel matanza, que tuvo por escenario el pueblo de Oradour-sur-Glane, que costó la vida a más de seiscientos habitantes, murieron dieciocho exiliados republicanos españoles, refugiados allí después de la guerra civil.


4. Este «malentendido» no fue casual, puesto que se repitió en varios lugares más, y muy particularmente en el campo de Mauthausen.

Los cerdos del comandante
Eduardo Pons Prades
Mariano Constante
Editorial Argos Vergara
Barcelona

 

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